El látigo de la religión

 

José Cheo Cruz

 

Leí con mucho entusiasmo el Código Da Vinci, como la novela El Decameron, y son dos criticas a la iglesia, que dicen muchas verdades, el código Da vinci no es tan fácil de entender no muy digerible mejor dicho.

Pero a plazo lo leí y creo que tiene cosas muy interesante, primero traté de leerlo en el difícil y no lo terminé, se lo regale a nuestro asesor ambiental el profesor Héctor Rosario, que sí lee mucho en el difícil, aunque contrario a mí, no cree en el imperialismo Yanqui, que es mi pasión Estadista hasta la medula y luego lo adquirí en español , se lo recomiendo por encima del látigo de la iglesia católica y sus imperialistas y dictadores  Romanos.

 

El Vaticano ha cometido el error de pedir a los católicos que no lean la novela de Brown. Una pérdida de tiempo y un desatino en plena era de la información de parte de La Iglesia Católica como siempre anti sociales.

 

La  terrible condena a muerte cayó, de súbito,  sobre Salman Rushdie por   “blasfemar”   contra el islamismo en los  “Versos satánicos”.  Mucho años después, irrita a jerarcas del catolicismo  y a ciertos  dogmáticos  “El Código Da Vinci”,  el betseller mundial de Dan Brown.

 Rushdie y Brown  han cometido el atrevimiento de invadir los terrenos de la religión, esos delicados y sagrados predios donde la fe se basa en verdades incuestionables y en los que muchos no soportan ni admiten el más pequeño cuestionamiento.


No es nada extraño que ciertos cruzados de la contemporaneidad  se hayan lanzado contra autores y textos literarios que plantean  nuevas tesis  acerca de antiguas “certidumbres”.


El arte no comulga con los dogmas. Crece y se fortalece en la libertad. A la hora de crear  o  fabular  es necesario trascender los barrotes del entorno,  hacer catársis y remontarse hasta donde conduzca el ejercicio liberador.


 Y allí, precisamente,  pueden ser tocados, imaginados o transformados, por la “Loca de la casa”, el venerado Jesús, la llorosa Magdalena de la cruxifición o del famoso cuadro de Da Vinci, el apasionado Simón Bolívar  de Manuelita Sáez,  la fiel amante Camilla Parker Bowles del príncipe Carlos.

 
No existe un solo terreno vedado para la literatura, pese a que a lo largo de la historia han aparecido censores de mucho poderío. Los creadores siempre tendrán la posibilidad  de partir de la fantasía o de tomar filones del pasado para elaborar sus obras y burlar ciertos  controles.

La condena a muerte dictada por el ayatolá Jomeini contra Rushdie,  en 1989, fue una grave manifestación de intolerancia que obligó al autor a sumirse en un prolongado encierro para proteger su vida. Con su imaginación desatada, el autor de origen hindú  había “ofendido” el islamismo,  y a fin de animar a los fieles de Mahoma a cumplir la fatwa Jomeini ofreció 440 millones de pesetas a los iraníes y 127 millones a los extranjeros para que desaparecieran al blasfemo.

En días pasados,  El Vaticano se ocupó de  designar  al cardenal Tarcisio Bertone, obispo de Génova, para rebatir lo que considera mentiras, distorsiones y errores de “El Código Da Vinci”,   una novela ,  es decir una obra de ficción, con todas sus implicaciones.

También la Iglesia Ortodoxa  Rusa  ha respaldado  las críticas de El Vaticano contra Brown, por haberse sumado a “tergiversar la historia del cristianismo” y “justificar el pecado”.


El Vaticano ha cometido el error de pedir a los católicos que no lean la novela de Brown. Una pérdida de tiempo y un desatino en plena era de la información, que lanzará a sus páginas a  muchos de los que no la han leído.

 
 Además, la reprobación llega cuando la eficiente e innovadora industria del celuloide enciende sus lumbres para catapultar la atractiva historia a la gran pantalla y extender la enorme fama de un libro que ha vendido 18 millones de ejemplares,  en 44 idiomas,  en apenas dos años.