EL PERDON
Por José Cheo Cruz
Se ha puesto de moda pedir perdón, aunque es mejor actuar bien y no tener que pedir perdón, los gringos te empujan, te pisotean y luego con un pedir excusas lo arreglan todo, pero ya el daño está hecho y en la mayoría de los caso es irreversible. El gobernador, el obispo, el alcalde, el ayudante, el alza cola y el legislador, debieran de participar de buen grado en una ceremonia que cada día debiera tener más adeptos. Para que se considere un gesto de buen gusto con el auditorio y una prueba de humildad que certifique la calidad del hombre público si pidieran perdón por sus acciones de ofensa al desvalido.
Si el ave no llega a la montaña, si la Iglesia bendice a los pelotones de fusilamiento de la dignidad del ser humano, si el funcionario mete mano en la caja del gobierno, pero alguien debe salir al estrado a pedir perdón por todos los males que nos aquejan entonces todo se arregla de boca de realidad las cosas siguen de mal en peor.
Pero los que se apresuran a reclamar y festejar esta presunta demostración de honradez, considerándola un decisivo alarde de integridad moral, contribuyen a sostener imperdonables imposturas.
Conviene recordar que el perdón es una operación del alma que beneficia al que lo otorga. Decir "te perdono" es un acto del carácter en su suprema manifestación de libertad y soberanía. Sea cual sea la afrenta padecida, el que perdona se libra de sus peores efectos: la sensación de haber sido humillado y vilipendiado, y el agobio de vivir sometido por el rencor.
Poco importa que alguien quiera pedir perdón. Pero en el caso de darse, el gesto debe ir precedido de una muy ajustada conciencia sobre el significado de la falta cometida contra la integridad ajena y al impulso compungido de confesar la afrenta debe sucederle una inmediata voluntad de retribución. Es decir, pedir perdón sin ofrecer a cambio la correspondiente rehabilitación es una irritante e inútil patraña.
De hecho, lo correcto es omitir el pegajoso gemido y ofrecer directamente la prenda que compense el agravio cometido.
Sin tales requisitos, pedir perdón será una más de las estúpidas modas de nuestro tiempo. La hipócrita ceremonia del que evita con palabrería cumplir sus obligaciones y sus ineludibles citas con la verdad.
Cuando llega mi turno, y estamos entre colegas informados, digo:
""Nada puede complacer más a un lector: ver a su autor favorito transformado por esa fuerza que lo hace siempre distinto, jamás idéntico."
Debería saber si esa fuerza es una "fuerza ciega". Pero me detengo a considerar si realmente es eso lo que espera un lector de su autor favorito. Quizá existan lectores, pienso, reacios a tolerar esa fuerza de transformación y celebren sumamente complacidos la consagración de la identidad.
El encuentro con un yo ficticio consuela al "ego" que huye del tiempo real.
Quiero hablar de una fuerza ciega, la potencia del tiempo, recordando que aniquila lo que no transforma, pero el mito de nuestro tiempo es la voluntad y no hay otro modo de contar la vida que vivimos hay que saber perdonar a los que nos ofenden.
Por ejemplo pongamos a Mario Vargas Llosa de quien pueden decirse muchas cosas, como en efecto se dirán en esta jornada en Santillana del Mar, pero quiero subrayar una muy singular: su liberté d'esprit.
La enarbola como literato, como crítico, como político. Y eso lo ha hecho especialmente sensible a los cambios de nuestra época. Los percibe incluso antes de que adopten formas visibles, evidentes.
En 1971 publicó su conocido ensayo sobre la obra de Gabriel García Máquez, Historia de un deicidio. En 1990, casi veinte años después, publicó una selecta antología de breves críticas literarias, La verdad de las mentiras, en dónde describe el artefacto narrativo de la ficción como el arte de mentir. El arte de mentir con propiedad, podría decirse para omitir la responsabilidad moral del simple embustero de esos tenemos muchísimos en Puerto Rico y gobernando pueblos y comunidades los hay como las uvas que siempre menciono en los parques por ramillete.
La cuestión es: ¿qué ocurrió en esas dos décadas para que nuestra cultura se vea impelida a corregir la vanidosa pretensión de sus escritores? Renunciar al deicidio, a sustituir al dios creador, y conformarse a ser un orfebre de ficciones. ¿A esto nos empuja el paso del tiempo? No seguiré escribiendo con mi conciencia aunque crean muchos que ofendo y otros que digo disparates
¿Qué vergonzantes renuncias culturales, desistimientos, agotamientos, incluso genuflexiones, han convertido al creador de mundos en un inventor de mundos?
No hay que escribir sobre la realidad que nos rodea la verdad es solo una la mentira tiene muchas vertientes, por ello en el Faro solo decimos la verdad de los acontecimientos de nuestra sociedad y punto, ganaría muchísimo dinero si fuera un apologista del mundo que me rodea pero no nací en una cuna humilde para adular al que nos explota, no, no eso no lo haré y punto, entiéndanme por favor, soy un amateur de escritura con muchas faltas ortográficas pero tu me entiendes, pero siempre he tenido mis principios morales muy en alto y eso me ha traído problemas serios, pero ni modo no claudicaré jamás.