ENTREVISTA CON UN VERDADERO MARTIR TODAVIA VIVE PARA CONTARLO
Por José Cheo Cruz
AHARON APPELFELD, EX DEPORTADO POR LOS NAZIS, HOY ESCRITOR HEBREO
"Sé demasiado del ser humano"
Tengo 73 años y nací en Chernovitz (Bucovina), que era Rumanía y hoy es Ucrania. Los nazis me dejaron huérfano, huí del campo de concentración a los 8 años y vagué por los bosques de Ucrania hasta que me recogió el Ejército Rojo. Desde 1946 vivo en Israel. Estoy casado, tengo tres hijos y dos nietas. Soy un liberal y no soy religioso
-¿Estuvo usted en un campo de concentración?
-Sí, en el de Transnistria (Ucrania). Vi morir a mucha gente. Pero yo no creía en la muerte...
-¿Qué quiere decir?
-Los nazis acababan de matar a mi madre... pero yo la sentía viva dentro de mí.
-¿Por qué la mataron?
-Cuando los nazis entraron en nuestra ciudad se dedicaron a recorrer las casas de los judíos, y los mataban o los deportaban.
-Y llegaron a su casa...
-Yo tenía ocho años, yo estaba allí. No vi cómo la mataban, pero sí oí su grito...
-¿Quién les delató a ustedes como judíos?
-Los vecinos lo sabían, y te delataban por una mezcla de antisemitismo y de miedo.
-¿Tenía usted conciencia de ser judío?
-No, pero me lo hicieron sentir: yo pude ir solamente un curso al colegio, y allí ya alguien me dijo lo de "asesino de Jesucristo"...
-Sí, se decía antes en las iglesias...
-Mis padres consideraban un anacronismo, una antigualla, lo de ser judío. Mis abuelos sí profesaban la fe judía y practicaban sus costumbres, ¡pero mis padres eran laicos!
-No se reclamaban judíos...
-No, ellos se consideraban sólo europeos de cultura alemana, sin más. La lengua materna, el alemán. La segunda, el ucraniano. Vivíamos en un entorno de gran refinamiento cultural. Viajábamos a Viena, a París...
-¿Eran ricos?
-Alta burguesía: mi padre tenía algunas industrias, y era muy educado y muy culto.
-¿No mataron los nazis a su padre?
-No estaba en casa en aquel momento. Llegó después: nos deportaron juntos, en tren.
-¿Qué recuerda de aquel viaje?
-Tras el tren, nos hicieron caminar durante semanas, en pleno invierno: recuerdo el frío, el barro, el ruido de látigos y disparos, y a la gente muriendo por aquel camino...
-¿Cómo sobrevivió usted?
-Recuerdo la mano de mi padre cogiéndome muy fuerte... Él me protegió, me salvó.
-¿Y qué pasó ya en el campo?
-Lo más terrorífico: me separaron de mi padre, a él lo enviaron a otro campo.
-¿Se quedó usted solo en el mundo?
-Sí, con ocho años. Y allí nadie estaba para ayudarte: la gente iba muriendo de hambre, de tifus, y yo veía cómo iban arrojando sus cuerpos a una gran fosa...
-¿Cómo les trataban los soldados?
-Si algo les irritaba, nos disparaban. Para no morir, decidí escapar: al cabo de un mes de estar allí, me escabullí por las alambradas.
-¿Huyó usted solo?
-Sí. Me interné en aquellos bosques. Dormía en el suelo, comía moras, manzanas... El día que topé con un árbol cuajado de manzanas rojas, del sobresalto di un paso atrás. Y aún hoy, al retroceder tropiezo y ¡se me aparece la visión de aquel manzano! El cuerpo tiene memoria propia. ¡Más que la mente!
-¿Cuánto tiempo vagó por el bosque?
-Muchos días... Si veía una aldea, llamaba a las puertas y pedía trabajo, pero la gente no quería problemas y nadie me acogía. Entonces sí pensé que ya iba a morir.
-Pobre niño... ¿Pensaba en sus padres?
-Eran mi tabla de salvación: siempre pensaba que estaba a punto de encontrármelos.
-Pero no.
-Un día llamé a una cabaña apartada y una mujer me acogió. Era la prostituta de la zona. Pactamos: la ayudaba en los trabajos de la casa, y ella me daba aposento y comida.
-Y... ¿la veía usted trabajar?
-Aquella cabaña tenía una sola pieza con una cortina: ¡aprendí mucha anatomía!
-¿Le trataba bien aquella mujer?
-Yo era como un animal doméstico. Si se enfurecía, me pegaba. Me fui: me uní a los hampones que vivían por allí. A mis 10 años, me usaban para meterme por las ventanas de las cuadras: yo, una vez dentro, les abría las puertas y así robábamos caballos.
-¿Fue usted un cuatrero feliz?
-Cuando tenía en la mano un trozo de pan o de salami, ¡saltaba de alegría!
-¿Cuándo acabó esa vida vagabunda?
-Un día de 1944 llegaron allí los soldados del Ejército Rojo. Yo tenía 12 años y me llevaron con ellos para hacerles de pinche de cocina. Cruzamos Europa hasta las costas del Adriático, entre tiros y bombas...
-Esos soldados tenían fama de bárbaros, de violar mujeres al entrar en las ciudades.
-Eran las cosas normales que pasaban en aquella guerra, en la que todo era barbarie...
-¿No le dejó secuelas tanto horror?
-Una: aprendí mucho, ¡demasiado! A veces siento que sé demasiado del ser humano.
-¿El sufrimiento es una escuela?
-Sí lo es, pero hubiese preferido otra.
-¿Cuál fue la clave de su fortaleza?
-Quizá todo el amor de mis padres hasta los ocho años. Atesoraba los paseos con mi madre por los prados verdes junto al río, sus abrazos, y la firme serenidad de mi padre...
-Por cierto: ¿qué fue de su padre?
-¡Nos reencontramos veinte años después, en Jerusalén! Yo tenía 28 años, pero él me reconoció. Yo a él no: ¡se había convertido en un viejo! Gocé de él otros veinte años.
-¿Qué hacía usted en Jerusalén?
-Al final de la guerra, en el Adriático, la brigada judía del ejército inglés ayudaba a judíos a ir a Palestina. Fui. Al llegar, viví en un kibbutz,aprendí hebreo... Gané un hogar.
-Fíjese: los nazis le hicieron judío...
-No lo siento así. Lo soy de corazón.
-¿Hacen hoy los israelíes con los palestinos lo que los nazis hicieron con los judíos?
-¡No se puede comparar! Quien diga eso no conoce ni una cosa ni la otra. Pero yo sí.
-¿Qué haría con los asesinos de su madre?
-Ufff... Que se los lleve el diablo.
Nota de la redacción: Si alguien merece el apelativo de superviviente es Appelfeld, arrancado de un amoroso hogar y condenado a vagar huérfano en el fragor de una guerra. Judío errante, hoy es una gloria nacional en Israel por su obra literaria en hebreo, la lengua de su resurrección.
Nos debe asombrar su fortaleza, pero él intenta hacer entender que todo lo que iba sucediéndole era "la vida, lo normal, no había más, y yo lo tomaba tal como venía". En Historia de una vida (Península) relata que, a los siete años, vio a su abuelo enfermo mirar por la ventana y, pocas horas antes de morir, dijo algo que siempre resuena en su cabeza: "Lo importante es amar esta mañana". Appelfeld no ha dejado de hacerlo. Su pasado alimenta sus novelas -como ´Via férreas (Losada)-, pero su fuerza está en esta mañana.
Los perseguidos siempre nos resuenan nuestros oídos, y entre lagrimas y tristezas, muchas veces solitarios cuestionamos de porque el ser supremo permite que ocurran cosas horribles en nuestras vidas, Dios tiene su propósito en este mundo, me repite mi hermano y amigo Adventista Moisés Rodríguez, de Río Grande, pero los sufridos y perseguidos por ideologías, no podemos entender esos propósitos Appelfed, vive hoy para compartir con el mundo su triste historia, se que jamás entendió porque de su sufrimiento y ver hoy como otros se burlan hasta de nuestras calamidades, donde se pierden hasta los amigos y hasta el nido donde vivir siendo eso motivo de burlas de algunos, estas historias y sus libros nos ayudan a entender que de verdad Dios tienen un propósito con cada uno de nosotros, aunque quizás nunca lo podamos ver y mucho menos entender, sus historias las pude leer en el cementerio de los vivos, gracias a las bibliotecarias, seguidoras de nuestro movimiento Estadista, que a escondida de los gendarmes nos prestaban literatura para pasar largas horas en silencio y a sola.
Recuerda que “Lo importante es amar esta mañana” nunca deje de hacerlo, el ayer ya pasó y el mañana no ha llegado vive hoy con fe y esperanza y con alegría, el tiene sus propósito con tigo también.
Hoy deseo compartir con ustedes una de mis frases favoritas porque fue lo que me inculcó mí filosofa de la vida, mi madre:
“Tengo la esperanza de siempre poseer la firmeza y virtud necesaria para mantener lo que considero el más envidiable de todos los títulos, el carácter de un hombre honesto
GEORGE WASHINGTON