La falsa buena vida

Por Yaqui Núñez del Risco

A veces, el descanso nos deja cansados. O regresamos de las vacaciones con más tensiones. En estos días, salir es sobresalir; y quedarse es estar queda’o, en un tiempo de inversión de valores donde no estar donde están “los que son” es no estar ni ser.

Ser es estar y los polos turísticos son la pasarela de quien, con dinero o sin dinero, sigue siendo o sintiéndose rey aunque el próximo lunes no sea más que un súbdito de los que son, precisamente, porque están pero no se dejan ver de todos los que van porque a eso van, a verse con quienes quieren o les conviene ver.

Hay quienes se gastan un dinero en una villa dolarizada que les compromete el año tratando de lograr, en una búsqueda tan casual como causal, la audiencia que no le dan los capitanes y gerentes de empresa en su despacho. Y no dejemos de mencionar a las amantes a las que se les reserva y se les paga, discretamente, la second-ville o la otra villa donde está la chica de cara estadía carnal y vacacional.

 Mientras, la señora y la familia están en una competencia de costos que supera todos los torneos de golf, de pesca y de polo: la de las modas, las cenas y las mesas reservadas en los restaurantes que, por encima de encarecidas bebidas y comidas gurmets, agregan a la cuenta el estar en ese lugar que es ser noticiosamente tan importante como para salir, con payola de atenciones, en las revistas y crónicas, con fotos caras, muy caras.

Unamuno dijo: la buena vida es cara; hay otra más barata pero no es vida. Esa buena vida será cara pero, por falsa, no es vida. Me apena, pero no envidio a quien paga la vanidad con dinero limpio o dinero sucio. Dios dictará sentencia en cada caso.