LO DE NUNCA ACABAR LAS MENTIRAS CONSTANTES

 

José Cheo Cruz

 

Algunos soñadores creen que todavía aquí en Puerto Rico se puede hacer un país. Podemos darle el beneficio de la duda. No sin antes recordarles la suma de fracasos que en esa dirección cosecharon quienes se lo propusieron desde que Eugenio Maria de Hostos, el liberal, trató de hacerlo por allá en el 1869, antes de su pérdida del situado proveniente de la “madre patria”.

 
 Los sentimientos nacionales surgidos durante los primeros años del siglo 19 estuvieron desde siempre teñidos de la angustia desesperante de los poetas que como Juan Antonio Corretjer, Ramón Baldorioty de Castro, Luis Muñoz Rivera, Antonio R. Barceló y ni hablar de nuestro primer gobernador el gigante de nacimiento Jesús T. Piñero a quien el presidente Harry S. Truman le dio la encomienda de ser el primer gobernador Puertorriqueño en 1946-1949,  sufrieron en lo más hondo de su sensibilidad estética los desmanes de una clase política que desde su origen (hasta hoy) se aprovechó del Estado para el usufructo personal.

El recorrido liberal de los Puertorriqueños ha sido desde entonces asistir al espectáculo primero rupestre y hoy digital de un Estado de privilegios sustentado en las mismas prácticas clientelares que le dieron origen. Lo del Estado de derecho no ha sido más que un discurso sin contrapartida práctica, una ficción descreída por sus mismos mentores. Los símbolos patrios, una aventura empresarial para vestir la ciudad de banderas al calor de las efemérides. La Justicia, una balanza torcida y tuerta. El la Legislaturas, un mercado para acumular fortunas y privilegios.


El discurso de la estabilidad económica, la paz social y la modernización tiene en la esta isla la misma edad de la Isla, pero con pocos frutos si se paralela con el hambre ancestral, la enfermedad, la mala educación y la exclusión del mercado y de la sociedad de millones de personas.


Después de tanto tiempo escuchando lo mismo, ahora se nos venden ideas viejas revestidas de nuevas, con el inocultable propósito de re-encantarnos con un progreso para algunos y un desecho para muchos. Con Tren Urbanos, islas artificiales y acuarios,  gobiernos electrónicos presentados como el gran salto al Estado moderno, pero en el que ya no podemos creer por más que nos inspiremos en nuestros grandes soñadores muertos.


El prestigio del legislador de pueblo, la autoridad del dirigente sindical y del político como Don Pedro Albizus Campos, los “planes de reducir los gastos y los empleos con un supuesto renovar del gobierno”, los invernaderos, los dones, las violaciones impunes y los pleitos por la repartición del pastel estatal están ahí como para recordarnos los tiempos de Concho Primo. Con otros actores y tal vez hasta con distintos argumentos, pero más allá de las apariencias, se trata del eterno retorno de lo mismo.


 Este círculo infernal, en el que nos encontramos desde que quisimos convertirnos en país, nos ata y nos subyuga, nos hace impotentes e incrédulos y, lo más penoso, nos quita la fuerza para seguir soñando en el país de nunca jamás.