Para la Mujer: el hogar es el de más peligro
Esas mujeres indefensas para las que su hogar es el lugar más peligroso, la prisión más insoportable. Esas, a las que quienes dicen quererlas son quienes les destruyen la dignidad y la autoestima.
Esas mujeres abusadas y golpeadas por sus maridos, sus novios y a veces familiares masculinos. Lo peor es cuando la familia ve los hechos incólumes, o se despachan con un “ella se lo busca”.
¿Qué se puede hacer durante un día para evitar que los restantes 364 esas mujeres sean abusadas física y sicológicamente, para que no se les siga inculcando en el alma la idea de que son culpables de los abusos y vejaciones a que las someten?
Las estadísticas son pasmosas. Hay quienes las ven con alarma o las discuten con criterios científicos. A veces nos olvidamos que detrás de las cifras de abusos hay mujeres de carne y hueso que se sienten vivir en un callejón sin salida.
Personas a quienes les han atrofiado hasta la forma de amar. Pensemos en la mujer que debe besar a su verdugo y lo besa con cariño casi sincero.
Piense en la mujer para la cual dar una caricia a su cónyuge puede desatar la ira que la llevará al hospital, pero negar la caricia puede provocar lo mismo. Piense en la mujer que debe prepararle la cena a quien la denigra, que debe hacerlo sonriente y feliz.
Piense en la obligación de hacer el amor con quien asesina su dignidad. Y el silencio cómplice. La familia que no entiende cómo un hombre tan serio, tan cumplidor con sus hijos, tan tranquilo, que no le habla alto a nadie, puede cometer hechos tan abominables, por lo que busca la culpa en la mujer maltratada.
Piense en el desamparo de esa mujer. Y ese otro silencio, el que ella debe mantener, ese secreto que es incapaz de revelar porque los demás la culparán, o porque hay que mantener las apariencias, o porque cree que las cosas cambiarán de alguna manera, o porque él mantiene la casa. Para no volverse loca se convence de que ama a su torturador. Si sufrir es terrible, más horrible es sufrir en secreto y sola.
Imagine usted que es una mujer que ve al hombre que abusa de ella cada día más radiante y respetado, mientras que el alma de usted se corroe por la ambigüedad de los sentimientos que la confunden, que la obnubilan.
Imagine que un día le dice a alguien que su esposo la maltrata y ese alguien le responde incrédulo: “¿qué haces para volver loco a ese pobre hombre tan bueno?” Imagine que no sabe usted a quién recurrir.
Nada justifica que se humille y torture física o sicológicamente a un ser humano, y sin embargo la violencia contra la mujer es más cotidiana de lo que parece, es más tolerada de lo que podemos imaginar. Es terrible saber que tanta gente sabe y no se asombra. Perder la capacidad de asombro endurece el alma y termina ayudando a aceptar lo inaceptable.
No sigas incólume ante tantas mujeres para las cuales su hogar es el lugar más peligroso. Un día es insuficiente para combatir el silencio que envuelve la violencia doméstica.
Pero un día puede ser la diferencia entre la vida y la muerte de una mujer: el día que ella hable y las autoridades escuchen y las familias la apoyen. Acabemos con la indiferencia y el silencio cómplices.